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El fiscal se despliega ante los medios, pero calla ante su propio gobierno.

Rafael Berruezo, el fiscal de Estado, se ha convertido en un maestro del espectáculo mediático. No pierde oportunidad para hacer ruido cuando se trata de atacar a la oposición, pero se convierte en un espectro cuando las acusaciones salpican a su propio entorno. Su doble moral ha quedado expuesta, y la pregunta es: ¿quién le da la autorización para actuar así? Mientras se lanzaba a denunciar al gobernador Alberto Rodríguez Saá, su presencia brillaba por su ausencia en un escándalo que involucra a un funcionario de su propio equipo, Ricardo Bazla, acusado de ocho delitos. La balanza de la justicia parece inclinarse hacia el espectáculo, dejando de lado la responsabilidad institucional.
El comportamiento de Berruezo no es solo una cuestión de estilo. Es un síntoma de un sistema que prioriza la imagen sobre la ética. En los tribunales, su llegada es vista como una oportunidad para el show, no como una intervención seria en la justicia. “Menos mal que no vino el doctor, porque si no todavía estaría enumerando su currículum”, comentaban los abogados, evidenciando la falta de compromiso real por parte de un fiscal que parece más interesado en la exposición que en la resolución de los casos que le competen. La justicia no debe ser un escenario, pero Berruezo ha decidido que lo sea.
La situación plantea un dilema: ¿es Berruezo un fiscal que actúa por convicción o un funcionario que responde a intereses políticos? Su silencio ante las acusaciones que impactan a su propio gobierno es un claro indicativo de que su lealtad no está con la justicia, sino con el espectáculo. Cuando las cámaras están apagadas, su voz se apaga también. La crítica es clara: el fiscal no está dispuesto a incomodarse cuando el escándalo se origina en casa. La justicia, que debería ser igual para todos, se convierte en un juego de apariencias para Berruezo.
El costo político de su actitud ya es evidente. La falta de acción frente a las irregularidades en su propio bando crea un clima de desconfianza. La ciudadanía se pregunta si realmente puede contar con un fiscal que no actúa cuando es más necesario. La impunidad parece ser el único resultado seguro en este escenario. La imagen de un fiscal comprometido se desmorona ante la evidencia de su doble estándar. La justicia necesita más que un show, necesita un verdadero compromiso por parte de sus actores principales.